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martes, 9 de julio de 2019

Guerra de las Malvinas: La Hora en que los Portaaviones Británicos y Argentinos Casi Pelean hasta la Muerte

Habría sido catastrófico.

Por Sébastien Roblin

Todo lo que se interponía en el camino de la batalla aérea/marítima más destructiva desde la Segunda Guerra Mundial -y la única que se produjo entre portaaviones- era una brisa fuerte. O mejor dicho, la falta de uno.

En la tarde del 1 de mayo de 1982, tripulantes de la cubierta del portaaviones argentino Veinticinco de Mayo ("25 de mayo") se apresuraron a cargar seis aviones de ataque A-4Q Skyhawk con cuatro bombas Mark 82 cada uno.

Los aviones subsónicos iban a ser la punta de lanza de la Fuerza de Tareas 79 de la Armada Argentina, ya que atacarían a una flota de la Armada Real Británica que se encontraba a unas 140 millas de distancia, incluyendo los portaaviones Hermes e Invincible, ocho destructores escoltaban y quince fragatas.

Fuerza de Tareas 79 (FT –79)

Comandante: Contralmirante Gualter Allara


Grupo de Tarea 79.1


Comandante: Capitán de Navío José J. Sarcona


Unidades de Tareas


79.1.1 Portaaviones ARA “25 de Mayo”


Grupo Aeronaval Embarcado



El Grupo Aeronaval Embarcado del Portaaviones estaba compuesto por tres aviones antisubmarinos, S2E (Tracker), tres Caza Bombarderos A4Q (Skyhawk), tres helicópteros de exploración AIO3 (Alouette) y un helicóptero antisubmarino SH-3D (Sea King)


79.1.2 Destructor A.R.A. “Santísima Trinidad”


79.1.3 Corbeta ARA “Guerrico”


79.1.4 Corbeta A.R.A. « Granville »


79.1.5 Corbeta A.R.A. “Drummond”


79.1.6 Buque Tanque YPF “Campo Duran”


Grupo de Tarea 79.2. -


Comandante: Capitán de Navío Juan C. Calmón


Unidades de Tareas


79.2.1 Destructor A.R.A. “Hércules”


79.2.2 Destructor A.R.A. “Py”


79.2.3 Destructor A.R.A. “Bouchard”


79.2.4 Destructor A.R.A. “Piedrabuena” 


79.2.5 Destructor ARA “Seguí”


79.2.6 Buque Tanque ARA “Punta Médanos”


Grupo de Tarea 79.3. -

Comandante: Capitán de Navío Hector Elias Bonso


79.3.1 Crucero ARA “General Belgrano”


Grupo de Tareas 79.4 - Unidades Agregadas


79.4.1 Buque de Desembarco de Tanques A.R.A. “San Antonio”


79.4.2. Rompehielos A.R.A. “Almirante Irízar”


79.4.3 Buque Polar ARA ”Bahía Paraíso”


79.4.4 Aviso ARA”Alferez Sobral”


79.4.5 Aviso ARA “Somellera”


79.4.6 Buque Tanque YPF “Puerto Rosales”



Las flotas opuestas se enfrentarían a las escasamente pobladas Islas Malvinas (Falkland Islands), conocidas como Malvinas en Argentina. Un mes antes, las tropas argentinas se habían apoderado del disputado archipiélago. Ahora los buques de guerra británicos estaban cubriendo fuerzas anfibias que se movían para recuperar las islas.

Pocos de los media docena de aviadores argentinos esperaban sobrevivir al ataque, apodado "Banzai Night" por el famoso grito de guerra japonés. En el libro A Carrier at Risk de Mariano Sciaroni, el líder del escuadrón Skyhawk, Rodolfo Castro Fox, revela los sombríos cálculos que se esconden tras el ataque planeado:


Utilizando la tabla de probabilidades, considerando las capacidades de las defensas antiaéreas británicas, de nuestras seis aeronaves iniciales, cuatro estarían en posición de lanzar sus bombas y sólo dos volverían.

De las dieciséis bombas que lanzaríamos, habría una probabilidad de impacto del 25 por ciento, es decir, cuatro bombas de 500 libras. Esto podría neutralizar al transportista y la pérdida de cuatro aeronaves sería aceptable.


Después del ataque, un escuadrón de tres corbetas argentinas de clase A 69 intentaron capitalizar el caos y sus pequeñas secciones de cruce de radares para lanzar un ataque sorpresa con misiles Exocet MM38 disparados desde una distancia de más de veinte millas.

Al mismo tiempo, el crucero armado con armas de fuego General Belgrano y dos destructores atacarían con pinzas desde el sur. Sin que los argentinos lo supieran, Belgrano estaba siendo seguido por el submarino nuclear británico Conqueror, simplemente esperando permiso para lanzar torpedos.


Los argentinos anticiparon que la Armada Real podría contraatacar con los veinte jets de salto de Sea Harrier en aquel entonces sobre el Hermes y el Invencible, que ya habían comenzado los ataques aéreos sobre posiciones de tropas argentinas. El Veinticinco estaba protegido por tres destructores, incluyendo dos modernos Tipo 42 armados con misiles tierra-aire de Sea Dart que podían acelerar hasta tres veces el sonido para golpear aviones que volaban más alto a una distancia de hasta cuarenta y seis millas.


Todo lo que se interponía en el camino de la batalla aérea/marítima más destructiva desde la Segunda Guerra Mundial -y la única que se produjo entre portaaviones- era una brisa fuerte. O mejor dicho, la falta de uno.

La extraña odisea de HMS Venerable


Irónicamente, el Veinticinco de Mayo fue originalmente una nave británica llamada HMS Venerable, lanzada por el astillero Cammell Laird cerca del final de la Segunda Guerra Mundial. La flota ligera de 13.200 toneladas de clase Coloso medía 210 metros de largo y podía transportar hasta cincuenta aviones de combate con motor de pistón y bombarderos de torpedos. Venerable vio la acción en los últimos meses de la Guerra del Pacífico contra Japón, luego tres años más tarde fue vendido a la Marina Real de los Países Bajos y rebautizado como Karel Doorman.

Los holandeses instalaron una cubierta de vuelo en ángulo y una catapulta de vapor para ayudar en el lanzamiento de un avión de combate Sea Hawk, y desplegaron a Karel en la confrontación con Indonesia sobre la descolonización de Nueva Guinea Occidental. El portaaviones evitó por poco ser atacado por los bombarderos Tu-16 Badger armados con misiles gracias a las oportunas conversaciones de paz.


Después de un dañino incendio en la sala de calderas, el Karel fue vendido en 1969 a la Armada Argentina, que modernizó y reconstruyó ampliamente el buque de 25 años de antigüedad. Inicialmente, la aerolínea llevaba a bordo aviones Panther y Cougar de la época de la guerra de Corea, y luego los mejoró a aviones A-4Q Skyhawks ligeros y de fácil manejo. Estos fueron reconstruidos A-4Bs de la Marina de los Estados Unidos modificados con cinco torres de armas y capacidad de misiles aire-aire Sidewinder.

Sin embargo, las problemáticas calderas del portaaviones nunca fueron completamente restauradas a las especificaciones, limitándose a muy por debajo de su máximo teórico de 24 nudos.

La Armada argentina planeaba desplegar eventualmente jets Dassault Super Etendards de construcción francesa sobre el portaaviones con mortíferos misiles Exocet que podrían atacar a los barcos desde fuera de su alcance visual, una capacidad que la Armada Real temía particularmente.

De hecho, una semana antes, el 23 de abril, el submarino británico Splendid había visto el Veinticinco, pero no pudo obtener autorización para atacar. Estas reglas de combate pronto fueron modificadas.

De hecho, el Veinticinco todavía no podía apoyar a Etendards. Sólo tenía ocho Skyhawks capaces de cargar bombas sin guía y seis Rastreadores Grumman S-2E comprados a la Armada de los Estados Unidos en 1978. Los aviones bimotores de hélice lentos podían explorar los mares en busca de submarinos utilizando boyas sonar Jezebel y radares de búsqueda de superficie APQ-88.


El radar del Rastreador también era perfectamente capaz de detectar la posición de la creciente flota británica desde decenas de kilómetros de distancia, como ocurrió el 1 de mayo a las 3:15 de la tarde.

El Capitán José Julio Sarcona ordenó al 3er Escuadrón Naval de Cazas y Ataques que preparara seis jets para un ataque. Pero su plan se vio frustrado por un problema improbable: la calma impedía el despegue de los jets.

Desde los albores de la aviación de portaaviones durante la Primera Guerra Mundial, los patrones han tratado de facilitar los despegues y aterrizajes navegando a máxima velocidad contra el viento, de la misma manera que uno podría levantar una cometa mientras corre con una brisa fuerte.  La velocidad del barco combinada con el viento contrario aumenta el flujo de aire sobre las alas de un avión, reduciendo la velocidad necesaria para el despegue.


La combinación de la cubierta corta del Veinticinco, su incapacidad para acelerar a altas velocidades, y las cargas de una tonelada de bombas transportadas por los Skyhawks significaba que simplemente necesitaban el viento para salir de la cubierta. Pero esa tarde, los meteorólogos pronostican de doce a veinticuatro horas de vientos muertos en el normalmente turbulento Atlántico Sur.

Sarcona consideró reducir a la mitad la carga de la bomba para hacer más probable el despegue. Pero esto habría reducido tanto el potencial de daño de la incursión que el sacrificio de los Skyhawks no podría justificarse.

Luego, a las doce y media de la noche, el tiempo del Veinticinco finalmente se acabó.

El aguilucho pálido y el dardo marino

Aunque los Estados Unidos habían apoyado históricamente la dictadura militar argentina violentamente anticomunista, Washington finalmente se puso del lado del Reino Unido durante la Guerra de las Malvinas. Eso significaba compartir la foto-inteligencia reunida por el satélite espía Snow Cloud de la CIA, que reveló la difícil posición de la flota argentina.

Pero la Marina Real aún no tenía una idea precisa de la posición de su oponente. Esa noche, un Sea Harrier, pilotado por el teniente de vuelo Ian Mortimer, fue despachado en una misión de exploración furtiva, con el radar desactivado, a sólo 200 pies sobre el nivel del mar.

Como fue descrito en Sea Harrier sobre las Falklands por Nigel "Sharkey" Ward, líder del escuadrón Harrier, Mortimer no vio inicialmente ningún barco, por lo que encendió su radar:

"Lo siguiente que supe es que estaba siendo iluminado por todo tipo de radares, incluyendo el de control de incendios de Sea Dart, y conté cuatro contactos de barcos a menos de 25 millas de distancia."

Mortimer rápidamente apagó su radar y regresó corriendo a la flota.

Los relatos argentinos en el libro de Sciaroni, en cambio, describen a dos Sea Harriers siguiendo a uno de los S-2 Trackers desde quince a veinte millas de distancia. Uno de los jets británicos fue iluminado por el tipo 909 Sea Dart que apuntaba al radar de uno de los destructores escolta, haciendo que el Harrier se retirara



De cualquier manera, los británicos ya conocían la posición del grupo de trabajo argentino y podían atacarlo con aguiluchos y submarinos de ataque.

Sarcona no podía aceptar el riesgo. Convirtió el Veinticinco en una trayectoria hacia el noroeste. La aerolínea estaba ahora luchando por su supervivencia mientras corría de regreso hacia la seguridad ofrecida por la costa argentina.

De hecho, el 2 de mayo, a las 15.00 horas, el conqueror finalmente torpedeo al General Belgrano, que se hundió con la pérdida de 323 vidas.

El subsiguiente juego del gato y el ratón, detallado en el libro de Sciaroni, en el que participan los aviones antisubmarinos y los submarinos británicos de Veinticinco, será objeto de un próximo artículo.

Por lo tanto, podemos agradecer a un día de clima inusualmente suave el 1 de mayo de 1982 por dejarnos hoy con muchos más marinos y aviadores argentinos y británicos vivos de lo que hubiera sido el caso de otra manera.

domingo, 7 de julio de 2019

Ataquen a la Ardent: la "pelea de perros" con los Harriers y una historia de derribos y supervivencia en Malvinas

El desembarco británico en San Carlos el 21 de mayo desató oleadas frenéticas de combates aeronavales y el derribo de muchos pilotos. Pero también una solidaridad poco difundida en los kelpers que asistieron a los aviadores que se eyectaron en las islas.

La fragata misilística HMS Ardent atacada durante tres embestidas sucesivas en el Estrecho de San Carlos el día que desembarcaron las tropas británicas en San Carlos.

El 21 de mayo de 1982 el tramo norte del Estrecho de San Carlos era un neurótico avispero de buques, helicópteros y aviones ingleses. A las 2 de la madrugada se había producido el primer desembarco anfibio en tres franjas costeras en San Carlos y los buques enemigos cubrían la retaguardia para hostigar a las posiciones argentinas en Darwin. Buscaban frustrar una contraofensiva terrestre y asegurarse las cabezas de playa.

La escala del desembarco había quedado retratada dentro de un avión Aermacchi. En vuelo exploratorio y solitario, el piloto naval Owen Crippa descargó con furia su exiguo armamento contra blancos navales y helicópteros al acecho y en su audaz huida bosquejó sobre su anotador de rodilla la distribución de la flota de la Royal Navy.

La certeza documentada de una veintena de buques enemigos en la boca del Estrecho desató aquella misma jornada y los días sucesivos una infernal batalla aeronaval. Tan encarnizada, tan a todo o nada, como en la II Guerra Mundial.

Las incesantes oleadas de fuego aéreo argentino contra la Task Force embestían sin tregua tanto desde Puerto Argentino como desde de las distintas bases continentales. De allí el mote inglés de "Bomb Alley"(Callejón de las bombas) para ese ominoso pasadizo marítimo, de entre 4 y 22 km de ancho que, como la anatomía de una mariposa con sus alas desplegadas, separa las islas Gran Malvina y Soledad.

El Estrecho de San Carlos se convertía así en un cementerio de buques, tripulantes y pilotos de ambos bandos.

Los hundimientos y encalladuras de buques ingleses y argentinos en el Callejón de las bombas, en el Estrecho de San Carlos (Extraído del libro “No vencidos” del Horacio Mayorga)

El bombardeo a la Ardent

Por la tarde, desde las bases de Río Gallegos y Río Grande, tres oleadas sucesivas de cazabombarderos de la Fuerza Aérea y de la Armada enfilaron hacia aquel enjambre enardecido. Había que neutralizar piquetes de radar y despedazar a los objetivos navales que encontraran a su paso.

"La orden era, literalmente, tirarle a lo que nos encontráramos", describe el Brigadier (RE) Horacio Mir González, uno de los jefes de las tres escuadrillas que arremetieron contra la HMS Ardent. Se trataba de una fragata de última generación, tipo 21, pertrechada con misiles Sea Cat, torpedos y cañones, que continuaba zozobrando al aeródromo de Darwin desde la bahía Ruiz de Puente—35 km al sur de San Carlos—cuando parte de la flota británica ya se había dispersado en el Estrecho.

Los pilotos debían atacar a los objetivos que encontraran a su paso, dice uno de los pilotos de M5 Dagger, Horacio Mir González, sobre el fatídico y frenético 21 de mayo, en el que se sucedieron feroces combates aéreos en el Estrecho.

Los ataques debían ser sorpresivos. Se ingresaría por el sur del Estrecho para avanzar en un barrido ascendente. Se daba por descontado que al acercarse a la flota, los Harriers entrarían en acción, con bajas seguras para los pilotos argentinos.

La primera escuadrilla de Skyhawks A-4B al mando del capitán Pablo "Cruz" Carballo Cepilló el Estrecho, salpicando de sal los parabrisas. Atacó a un carguero inglés, y en su derrota hacia el norte, detectó a la Ardent recostada sobre la costa de la isla Soledad. A las 14, Cruz lanzó con precisión quirúrgica, sus dos bombas MK-82 a horcajadas del casco, pero no explotaron.

El legendario piloto combate de la Fuerza Aérea, Pablo Carballo, a bordo de su Skyhawk, uno de los halcones en Malvinas

Cuarenta minutos después, dos secciones, Cueca y Libra, de Mirage 5 Dagger—las Avutardas Salvajes—, lideradas por González, demolieron con bombas terrestres MK17 retardadas el hangar, un helicóptero Westland Lynx en cubierta y el lanzador cuádruple de misiles Sea Cat de la fragata. La cuarta bomba impactada, alojada en popa, tampoco explotó.

En llamas, la Ardent (Ardiente) traicionó su nombre y logró sofocar el incendio. Conservaba intacta su propulsión y, maltrecha, huyó hacia el noroeste del Estrecho para guarecerse entre la flota. Ninguno de los pilotos logró auscultar el zumbido de los Harriers, cuando un misil Sidewinder abatió al 1° teniente Héctor Hugo Luna.

Las imágenes registradas por la cámara del M5 Dagger del líder de escuadrilla, Horacio Mir González, en el preciso momento del ataque a la fragata inglesa. A la izquierda se ven los misiles que lanza el buque para derribar a los pilotos.

En lo inhóspito de esa geografía, atravesando fuego aéreo y naval, el piloto del helos,Alejandro Vergara, divisó unas casas detrás de un cordón montañoso. Aterrizó y preguntó si allí había un piloto argentino. Unos kelpers condujeron al médico Fernando Miranda Hasta una habitación donde Luna yacía recostado en una cama. Estaba malherido en una pierna y en un brazo por las esquirlas de su propio avión al precipitarse en tierra. Luna con su paracaídas había caído a metros de éste y fue trasladado hasta la BAM (Base Aérea Militar) de Darwin. Fue el primero de los siete pilotos—5 de la Fuerza Aérea, 1 de la Armada y uno británico— rescatados en Malvinas.

El piloto que logró eyectarse, Héctor Hugo “Jote” Luna y salvó su vida tras el feroz combate aéreo en el Estrecho de San Carlos.

La ventana del aula en Río Grande

"A la base de Río Grande llegaban las encomiendas con grapa y comida casera que le enviaba su hermana desde San Rafael y nosotros la comíamos pensando que estaba muerto", evoca González. (Luna falleció en 1991 en la base del Plumerillo, tras realizar maniobras acrobáticas con un Pampa).

También en Río Grande, a metros del perímetro donde termina la pista, una maestra de geografía, madre de cuatro hijos, Graciela Philippi, observaba desde la ventana del aula el despegue de la 3° Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, que hasta el 3 de mayo operaba interceptando Harriers desde el portaaviones 25 de mayo. Los Skyhawk A4Q y sus pilotos, entre ellos, su marido, Alberto Philippi, comandante de la escuadrilla, se habían instalado en la base fueguina para continuar con las misiones de combate

Philippi (tercero desde la izquierda) en el portaaviones 25 de mayo, donde actuó como interceptor de aviones ingleses durante el conflicto del Atlántico Sur.

Graciela contó el despegue de tres aviones y de otros tres, 10 minutos después. La primera división, liderada por su marido, capitán de corbeta, llevaba como numerales al teniente de navío José César Arca y al teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez.

Tras poco más de 50 minutos de vuelo en altura para ahorrar combustible, descendieron a posición rasante sobre el sur del Estrecho para evitar ser iluminados por radares enemigos. Sin moros en la costa, electrónicamente indefensos por ausencia de contramedidas en los A4-Q, encararon hacia Puerto San Carlos en busca de presas. Al cruzar la Bahía del Rey, a mitad de camino, detrás de una pequeña isla, asomó nítida a unas 8 millas la arboladura de una fragata. Era la resiliente Ardent, blanco del asedio argentino.

–Buque a las 11– alertó Arca, con ese lenguaje neutro y lacónico que caracteriza a los pilotos navales.

–Atacamos dispuso Philippi.

Ello suponía que el líder giraría primero para pasar por encima de la fragata y que en los cambios de formación cada uno atacaría a una altura mínima de 60 metros para el armado de las espoletas y desde un azimut (ángulo) distinto, para dispersar la atención y la concentración de fuego.

Philippi lanzó sus 4 bombas MK 85 de 500 libras con cola retardada arremetiendo de frente; Arca lo hizo por babor y Márquez por estribor.

–¡Muy bien señor! –soltó Márquez e instantes después marcó la precisión del tiro de Arca:

–Otra en popaconfirmó.

Alberto Philippi, alias “Mingo” en la base de Río Grande con uno de los técnicos que preparaban las espoletas de las bombas con retardo para que las esquirlas no impactaran en los Skyhawk al ser lanzadas

A la Ardent la acunaba una espesa humareda negruzca cuando una PAC (patrulla aérea de combate) que orbitaba, oculta y silenciosa a 10000 pies (3000 metros), se lanzó en picada como un buitre oteando su carroña.

–Harrier, Harrier–tronó la radio. De nuevo la voz de Márquez, pero esta vez como vigía de la cola de sus compañeros.

Atacar por detrás es la posición ideal para lanzar un misil o una ráfaga y en la jerga aérea ese tipo de combate se lo conoce como "pelea de perros".

Inmediatamente, Philippi ordenó lanzar las cargas exteriores: los dos tanques auxiliares de cada avión junto con sus lanzadores de bombas se sumergieron en el Estrecho. Había que alivianar las naves para enfrentar al enemigo y desplegar maniobras evasivas.

El líder estaba concluyendo su giro a unos 300 m de altitud cuando un misilazo trituró la cola de su avión. Con la explosión, la nave corcoveo, levantó la nariz encabritada hacia el cielo y el bastón de mando se tornó ingobernable. "Me di vuelta y vi que el Harrier estaba a unos 200 m detrás de mí y se acomodaba para rematarme", cuenta Philippi a Infobae.

–Me dieron. Me eyecto. Estoy bien–logró avisar por radio.

Accionó la manija de eyección entre sus piernas, sintió una fuerte explosión, su cabeza y su cuerpo se entumecieron por la presión del aire y se desmayó. La velocidad para la eyección no es recomendable superados los 250 km/h. Philippi huía a 900 Km/h.

Cuando recuperó el conocimiento, colgaba del paracaídas sobre el Estrecho de San Carlos. A su alrededor los dos Harriers y los A4-Q se trenzaban en un duelo encarnizado. Otro Sidewinder buscó la cola del avión de Márquez, que hábil en la maniobra lo esquivó. Pasaron segundos cuando otra ráfaga de cañones 30 mm finalmente lo alcanzó y atomizó su avión.

El Skyhawk del teniente de fragata Márquez, un marplatense soltero, de 26 años, querido en su escuadrilla por su optimismo y buena predisposición, prácticamente se desintegró en el aire. Sólo fragmentos de su nave flotaban en el mar.

Tras lanzar sus cuatro bombas a la Ardent y alertar a sus compañeros, el teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez logró esquivar un misil pero fue impactado por los cañones de un Harrier. Su nave se desintegró en el aire. Tenía 26 años. Cuatro años después de su muerte, su madre, a instancias de comentarios e informaciones maliciosas, pensaba que seguía con vida en las islas. Restos de su avión fueron encontrados en la costa y hoy se exhiben en el Museo Aeronaval de la Base Espora, en Bahía Blanca.

Arca continuó en combate. Logró burlar con bruscas maniobras evasivas otro misil, cuando ya exhaustos de combustible, los Harriers se replegaron al HMS Hermes. Ahí entró en acción la segunda sección con los otros 3 Skyhawks rezagados Con asepsia casi quirúrgica y el campo de batalla despejado, los pilotos Benito Rótolo, Carlos Lecour y Roberto Sylvester terminaron de masacrar a la Ardent.

De las 24 bombas de 500 libras lanzadas por los seis aviones, al menos 5 sellaron definitivamente la suerte la fragata. En el último ataque, el sector de babor quedó diezmado y las llamas consumían la popa cuando el capitán Alan West ordenó el abandono. Veintidós de los 170 tripulantes perecieron.

La tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque dejó de operar en el portaaviones y se mudó a Río Grande en Mayo 1982. Arriba (de izquierda a derecha) los pilotos Sylvester, Lecour, Oliveira, Zubizarreta, Arca, Castro Fox, Róloto y Benitez. Abajo: Medici, Márquez, Olmedo y Philippi.

Con combustible insuficiente para regresar al continente, Arca enfiló hacia Puerto Argentino. Al encarar la pista, desde la torre de control le advirtieron que había perdido el tren de aterrizaje izquierdo. Los Harriers lo habían fumigado. Le ordenaron eyectarse pero Arca se negó e insistió con un aterrizaje de emergencia.

"Así no puede aterrizar. Si no se eyecta dejará la pista sin servicio. ¡Eyéctese!", le impusieron. El piloto buscó un área alejada del trajín aéreo y obedeció. Cayó al mar y en una maniobra de profesionalismo excepcional el piloto de un Bell, el capitán de Ejército Alberto Svendsen, sin una liga para arrojarle y levantarlo, ubicó el patín de aterrizaje de su helicóptero debajo del piloto y prácticamente lo pescó en medio del un oleaje furibundo.

Herida de muerte, y fiel a su nombre, la fragata ardió hasta la madrugada. Y en un movimiento suave y acompasado terminó de zambullirse en el Estrecho, a las 4.30 del 22 de mayo.

“Bomb Alley”, óleo del pintor ingles Robert Grant Smith sobre el bombardeo del 21 de mayo a la Ardent, una pintura icónica que retrata la ferocidad de los ataques de ambos bandos.

"Me concentré en mi supervivencia"

De origen alemán, cerebral hasta la médula, y con muy buen adiestramiento militar, mientras caía en el mar Philippi observó que su bote de supervivencia no se había inflado. Recordó que sólo dos asientos eyectables de los 8 aviones A4Q no estaban vencidos.

"Así que me concentré en mi supervivencia y la prioridad era llegar hasta la costa sólo con mi salvavidas", recuerda.

El impacto sobre el agua fue brutal. Pero tuvo suerte, ya que al zambullirse, su paracaídas le pegó un tirón, se recostó y el viento permanente del oeste lo arrastró a escasos 100 metros de la costa. En el tramo final para alcanzar la orilla, una pared de kelps—las densas algas que colonizan las islas—, frenó su avance. Se desenganchó del paracaídas y con un cuchillo cortó la maraña de sargazos. La faena se tornaba interminable y lo dejaban exhausto. Las algas continuaban enredándose en su equipo de supervivencia. El corazón le palpitaba en la garganta. Descansaba haciendo la plancha y al recuperar energías continuaba luchando contra las plantas acuáticas.

En la lucha por sobrevivir los borbotones de adrenalina actuaban como un escudo protector del frío, ayudado por su traje antiexposición. Philippi en ningún momento se desmoralizó. Detrás de su temple, estaban sus largas horas de adiestramiento.

Cuando finalmente alcanzó la costa, miró su reloj. Eran las 16: habían transcurrido 60 minutos desde el ataque y faltaba media hora para que anocheciera. Buscó refugio para guarecerse de los latigazos del viento y de una lluvia intermitente. Eligió el médano más reparado y cavó un pozo de zorro con su cuchillo: un regalo para su hijo menor, Manfred, de dos años, que se llevó a préstamo del hogar.

Intentó pasar allí la noche, pero el frío acentuaba la vigilia. Para entrar en calor cavaba aún más profundo el hoyo. En la oscuridad de una noche encapotada, de golpe el cielo se iluminaba con ráfagas de cañoneo naval de un buque enemigo que no llegaba a divisar. Pero los estruendos, graves, retumban cerca y los tiros, cortos, caían a su alrededor. Creyó que se prolongaba el desembarco británico. Como lo último en sus planes era caer prisionero de los ingleses, levantó sus bártulos a las 2 am y caminó hacia el sur ayudado por una brújula. Sabía que allí el Ejército Argentino ocupaba posiciones.

La familia Philippi en Medio oriente en 1979, donde el aviador fue observador de las Naciones Unidas.

Los trayectos no eran rectos sino en zigzag. Se desplazaba de una elevación del terreno a otra para intentar emitir con éxito la señal de emergencia con su radio de supervivencia. Alguien la recibiría y acudiría en su auxilio.

Cuando amaneció trepó a un promontorio y al mirar hacia atrás en la Bahía del Rey —sabía exactamente dónde estaba porque había estudiado en detalle la cartografía de las islas— divisó al buque de transporte Río Carcarañá escorándose, envuelto en una inexpugnable humareda negruzca.

"Alberto no volvió"

 En Río Grande, el comandante de la escuadrilla, capitán de corbeta Rodolfo Castro Fox llamó a la mujer de Philippi. Graciela había visto desde su escuelita el despegue de seis Skyhawks y el regreso de tres.

—Mirá, Alberto no volvió. En Puerto Argentino Arca dijo que vio un paracaídas, pero no pudo determinar si era el de Alberto o el de Márquez—le informó.

Luego, ensayó un consuelo sincero:

—Conociéndolo a Alberto, si es que llegó en paracaídas a tierra, sabemos que va a aparecer.

Graciela y Alberto Philippi delante del avión del piloto.

Graciela abrazó a sus cuatro hijos, de entre 15 hasta 2 años, y entre ahogados sollozos, se aferró a la esperanza.

Mientras tanto, a 650 km de Río Grande, en uno de los dos bolsillos de su equipo de supervivencia, Philippi encontró elementos de primeros auxilios. En el otro, las raciones de emergencia, con chocolates, caramelos y otros alimentos calóricos. No tenía dudas de que sobreviviría mientras pudiera caminar hasta las filas argentinas entre la hierba corta, resistente y húmeda de una turba colonizada por piedras. Se trataba de un terreno conocido, idéntico al que trajinaba todas las tardes en la estancia de los Menéndez Behety en Río Grande: su amistad con los encargados le permitía en sus horas de esparcimiento cazar ciervos y pumas o pescar truchas con mosca.


"Ayúdate y Dios te ayudará"

Al tercer día de infatigable caminata sintió hambre. A lo lejos escudriñó ovejas mansas pastando. Seleccionó un corderito y con su Smith & Wesson .38 la acorraló y le disparó. Experimentado cazador, supo cómo eviscerarlo y cuerearlo a la perfección. Pero la humedad le impedía encender la turba con fósforos, preservados en el traje antiexposición. Extrajo una de las bengalas de su chaleco y produjo un fuego importante para el festín.

Continuó su derrotero al sur reeditando la misma coreografía: emitía la señal de emergencia y enseguida volvía a apagar la radio para preservar la batería hasta la próxima elevación. Sabía que por la cantidad de aviones caídos, las fuerzas buscarían náufragos y tripulantes perdidos. Pero más allá de su racionalidad y previsión, en la vida de Philippi —protestante luterano y muy creyente—, hubo siempre tres párrafos de la Biblia que signaron su temple y guiaron sus acciones: "Ayúdate y Dios te ayudará", "Ni una hoja cae si no es la voluntad del señor" y "Jehová es mi pastor, nada me faltará. Aunque ande en el valle de sombras de muerte, no temeré mal alguno, tú estarás conmigo…".

Philippi, alias Mingo, meses antes de combatir en Malvinas, delante de un Skyhawk.

Reconfortado por esas palabras, siguió su marcha venciendo al vozarrón del viento, el frío, la intemperie de la incertidumbre, la soledad. A lo lejos vislumbró un movimiento de vehículos. Asumía que eran los jeeps Mercedes Benz del Ejército Argentino aunque no lograba identificarlos con claridad. Los iluminó con su espejo de señales. Y cuando el grupo se acercaba vio que se trataba de un Land Rover y dos tractores con un carro para transportar ganado. Esa escena lo puso en guardia. Uno de los hombres se bajó del Jeep, saltó el alambrado y encaró hacia él. Creyó que era un comando dispuesto a liquidarlo. Philippi sacó sigilosamente la bengala de su revólver y la cambió por munición de plomo. Ocultó el arma en su cintura. El hombre, robusto, se acercó con una sonrisa. Y sin otros preámbulos, aquel 24 de mayo de 1982 Philippi habló en perfecto inglés.

Philippi y Tony Blake en Bahía Blanca en Marzo de 2007

—Soy un piloto argentino que cayó el día 21—dijo, la barba de tres días, su ropa húmeda y embarrada— y tengo intención de volver con mi gente. Si nos ponemos de acuerdo, bien, y si no, sigan su camino que yo continúo con el mío.

La respuesta del granjero Tony Blake, un kelper neozelandés, administrador de más de 100.000 hectáreas de la estancia North Arm, lo sorprendió.

—Mire, ante todo usted es un hombre con suerte, porque nosotros venimos a este sector sólo una vez cada seis semanas a hacer recambio de ovejas y carneros y hoy nos tocó. Sabemos que hay muchas tripulaciones caídas en la isla, pero a nosotros la guerra no nos interesa. Lo vamos a ayudar—dijo Blake.

Ahí mismo se sentaron en la turba y compartieron entre todos los alimentos que traían: sopa, tartas, sándwiches, chocolates y tortas, que Philippi devoró.

Blake lo alojó en su casa y le ofrendó el mejor cuarto, mientras su mujer Linda le preparaba el baño y le extendía ropa limpia, de algodón, y un sweater de lana.

Al salir de la ducha, el aroma a scons recién horneados embriagó al piloto. La familia se aprestaba a tomar el té y lo invitaron a la mesa. Ansioso por comunicarse con su gente, Blake le explicó que sólo de 10 a 11 de la mañana los kelpers tenían permitido usar la radio en el canal Medical Aid, (de ayuda médica).

—Mañana a esa hora contacto a su gente—prometió.

Exhausto, Philippi se fue a descansar. Pero antes elogió los scons de Linda.

Estaba profundamente dormido, cuando Tomy, el hijo de la pareja, lo despertó.

—Dice mi padre que te espera abajo—soltó.

Blake lo convidó con un whisky. Evitaron hablar del conflicto, ya que no se pondrían de acuerdo. El kelper sólo esbozó: "Su gobierno y el mío están locos en hacer esta guerra". Y en la conversación afloraron los intereses comunes: ambos cazadores y pescadores de truchas con mosca; golfistas, radioaficionados y amantes de la fotografía.

Así pasaron horas hablando de calibres, de fusiles, de miras telescópicas, de cañas, de reeles, de señuelos y cámaras de fotos y de las señales distintivas de. Ambos tenían la misma: una Canon 1. Y ambos eran también protestantes. Prácticamente almas gemelas separadas por el Atlántico, por un litigio de soberanía y por una guerra.

"Tenía más en común con Tony Blake que con el 98% de los oficiales de la Armada Argentina", dice Philippi.

Al día siguiente, 25 de mayo, tras cumplir con su promesa de informar por radio que estaba vivo, Blake le mostró la estancia y los galpones de esquila.

El capataz era famoso en la isla por su sentimiento antiargentino. Cuando Blake los presentó, observó que manoteaba algo de entre sus ropas y temió por la vida del piloto.

—Hoy hay dos motivos para festejar—dijo el capataz con voz áspera y ceremoniosa. Exhibió una petaca y propuso un brindis por "el día nacional de los argentinos" y por la supervivencia del piloto. Blake respiró aliviado.

Otro helicóptero UH-1H de la FAA, que realizaba relevos de observadores terrestres, aterrizó en la estancia North Arm y buscó al piloto.

Al momento de la despedida Tony, Linda y Philippi se les aflojó la garganta y lagrimearon.

Blake le entregó un camioncito amarillo en miniatura para Mandred, el hijo menor de Philippi, que hoy ocupa un lugar de honor en sus biblioteca y Linda le extendió un sobre cerrado para su esposa Graciela. Adentro contenía la receta de sus scons.

El piloto permaneció dos días en Darwin y abordó el último helicóptero hacia Puerto Argentino antes de que aquel bastión fuera tomado por las tropas británicas.

Otros dos pilotos de Dagger, heridos y abatidos por Harriers, lo acompañaron en el viaje: uno era Héctor Luna que lo precedió en el ataque de la Ardent; el otro era Gustavo Piuma que aquel fatídico 21 se trenzó en otra "pelea de perros"  y recibió un misilazo en el Estrecho.

Tony Blake visitó a Philippi en su casa de Bahía Blanca  en Marzo 2007. Sobre la mesa hay dos testimonios de su amistad. Una carta y un camioncito de colección

Philippi y Blake permanecieron en contacto después de la guerra. Hablaban por radio, se saludaban para navidad e intercambiaban noticias sobre sus familias.

En 1998 un cáncer terminal se llevó a Graciela; meses después murió Linda. Blake insistía con que Philippi lo visitara en las islas. "Vos también podés venir. Acá no hay restricciones de ingreso", le dijo el piloto. Dos veces Blake lo visitó y se alojó en su casa, en Bahía Blanca. La primera fue en 2003, cuando Blake lo sorprendió con un trozo de chapa del fuselaje del avión de Márquez, que hoy se exhibe en el Museo de la Aviación Naval de la Base Espora. La última, fue dos años atrás. Bailaron tango, jugaron al golf, salieron de pesca, volvieron a recorrer el museo y Blake hasta se subió a un Super Étendard.

Blake y Philippi en Bahía Blanca .Allí recorrieron el museo naval y recordaron a los 355 tripulantes muertos del Crucero General Belgrano.  El piloto nunca más regresó a las islas, a pesar de la insistencia de su amigo. “El día que regrese, quiero hacerlo por la puerta grande”

Blake y Philippi en Bahía Blanca .Allí recorrieron el museo naval y recordaron a los 355 tripulantes muertos del Crucero General Belgrano.  El piloto nunca más regresó a las islas, a pesar de la insistencia de su amigo. “El día que regrese, quiero hacerlo por la puerta grande”, le dijo a Infobae.
En 37 años, nunca permitieron que la guerra y el conflicto irresuelto por la soberanía de Malvinas se interpusieran en su amistad.

El granjero y el piloto naval delante del cuadro emblemático que retrata al Callejón de las bombas, con el ataque a la Ardent que lideró en una de las oleadas Philippi.

Fuente:Infobae

lunes, 20 de junio de 2016

Historia,Royal Navy había desplegado arma láser durante la Guerra de las Malvinas

DAVID SZONDY GizMag

HMS Hermes puede haber sido uno de los buques equipados con un arma láser

A pesar de las recientes manifestaciones por parte de la Marina de los EE.UU., seguimos pensando que las armas láser como cosas del futuro. Sin embargo, los documentos británicos clasificadas previamente demuestran que no sólo eran las grandes potencias que trabajan en las armas láser en los años 1970 y 80, pero que ya estaban siendo desplegados con unidades de combate en zonas de guerra. Una carta del Ministerio de Defensa publicado bajo el gobierno de 30 años revela que las armas láser fueron desplegados en los buques de la Marina Real durante la Guerra de las Malvinas en 1982, y que el gobierno británico estaba preocupado por armas similares se están desarrollando detrás de la cortina de hierro.

A pesar de que los primeros láseres se inventaron en la década de 1960 y rápidamente mostraron su capacidad de generar densidades de potencia capaces de quemar a través de las hojas de afeitar de acero, se tiende a considerar que cualquier uso de ellos en el campo de las armas como un desarrollo del siglo 21. En la imaginación del público, las armas láser en la última década de la Guerra Fría prende a la Iniciativa de Defensa Estratégica de América (también conocido como Guerra de las Galaxias). Se agita visiones de cosas que orbita alrededor de las armas láser estampadas "Hecho en EE.UU." impulsado por la explosión de bombas de hidrógeno diseñados para contrarrestar un ataque nuclear soviético, pero que permanecería para siempre habitantes de la mesa de dibujo.

La verdad es que no sólo no había más en la historia de las armas láser, pero que ya eran parte del arsenal de algunas de las grandes potencias. Documentos desclasificados muestran que la edición de abril 2 aspecto de Port Stanley, que desencadenó la Guerra de las Malvinas, estuvo cerca de verlas utilizan en combate por primera vez.


El concepto del artista de un láser orbital de Estados Unidos (Foto: Fuerza Aérea de los EE.UU.)

La Guerra de las Malvinas ya es histórica en muchos aspectos. Fue el único compromiso principal naval desde la Segunda Guerra Mundial, la primera guerra del misil moderno, el punto en el que Gran Bretaña se quitó la parálisis causada por la crisis de Suez, y uno de los despliegues más notables desde la Segunda Guerra Mundial como la Royal Navy logró montar una fuerza de tarea y volver a tomar las Islas Malvinas en dos meses, una semana y cinco días.

Aquellos de nosotros que estaban vivos a continuación, recordar un rumor persistente, incluso un secreto a voces en los círculos de defensa, de las armas láser que se utiliza por la Royal Navy durante las hostilidades. La pérdida de varios combatientes argentinos se atribuyó a los láseres diseñados para deslumbrar a los pilotos, además de una ocasión se presentó cuando el piloto vio una luz deslumbrante antes de bajar.

documentos desclasificados recientemente confirman al menos parte de la historia. Una carta del entonces secretario de Defensa Michael Heseltine, de fecha 17 de enero de 1983, establece que un arma láser de potencia media se desplegó con el grupo de trabajo.

La carta dice, "Usted puede recordar, sin embargo, que hemos desarrollado y desplegado con gran urgencia un arma láser naval, diseñado para deslumbrar vuelo a baja altura pilotos argentinos que atacan a los barcos, a la Fuerza de Tarea en el Atlántico Sur. Esta arma no se utilizó en la acción y el conocimiento de que se ha mantenido a un círculo muy restringido ".

El tanque de láser Soviética 1K17 Szhatie (Imagen: Vitaly V. Kuzmin / Wikipedia)

La carta es también una fascinante historia de la cápsula de las armas láser de desarrollo hasta ese momento. De acuerdo con Heseltine, Gran Bretaña había estado buscando en las armas láser desde la invención del láser en la década de 1960, pero el interés realmente alcanzó su punto máximo después de un avance importante de Estados Unidos en 1972. Esto no se explica, pero es más probable el desarrollo de gas de alta energía láseres dinámicos, que tienen el potencial de generar energía suficiente para llevar a cabo las aeronaves y misiles. Heseltine señaló que Gran Bretaña y América estaban intercambiando constantemente información sobre el tema, y ​​en 1974 un programa británico fue creado para evaluar los daños de láser y efectos de propagación

El resultado de estos estudios en 1979 fue que los intereses de Gran Bretaña estaban mejor servidos por los láseres de medio alcance contra objetivos blandos, como los ojos, la óptica y sensores electro-ópticos. Además, la carta señala que a mediados de la década de 1980 los soviéticos podrían ser fildeo armas láser similares, pueden ya han instalado uno en el crucero de Kirov, y que tales armas podrían dar el Pacto de Varsovia una ventaja si se utiliza en un ataque armado en la OTAN efectivo

Esto no estaba lejos de la realidad. Los soviéticos estaban desarrollando este tipo de armas láser e incluso construyeron el 1K17 Szhatie experimental, que monta una batería de láseres de rubí en un chasis del tanque para noquear a los sensores de la OTAN, a pesar de que resultó ser demasiado caros de producir. Con la amenaza soviética en mente, Gran Bretaña se concentró en láseres y contramedidas contra los medios de propulsión. Sin embargo, dado que el láser no funcionan muy bien en el mal tiempo, no fueron considerados como un sustituto de las armas convencionales

El concepto del artista de un arma láser Soviética (Imagen: DIA / Wikipedia)

No hay muchos detalles sobre el láser desplegado durante la Guerra de las Malvinas, pero es probable que sea el sistema Dazzle láser (LDS), diseñado específicamente para su uso contra los sensores de aviones y pilotos. Según el experto en defensa de escritura Norman Friedman en La Naval Guía Instituto de Sistemas de Armas Navales Mundo, 1997-1998, esto era muy probable que un dispositivo manual de confiando en los prismáticos para apuntar, aunque en la década de 1990 hubo informes de que están en montajes fijos y motorizados operativo en las longitudes de onda de infrarrojo cercano para contrarrestar recubrimiento de las lentes y gafas anti-láser. Exactamente lo que los barcos llevan a los láseres no es seguro, pero que pueden haber estado en fragatas, buques de asalto anfibio, o los dos portaaviones en el grupo de trabajo.